Pineta. Otoño entre nubes.

Final de octubre.


Rosita pasó su vida cuidando a su madre. La señora Rosa estuvo siempre delicada y desde que enviudó necesitó de la ayuda de su hija. Ella siempre arrastró ese complejo de ser un poco coja. Una cosa leve que disimulaba bastante bien. Pero que la fué apartando de sus amigas. Así que, en cierto modo, no le importaba demasiado quedarse en casa.
Noé era hijo único y tuvo que trabajar en la granja de vacas de sus padres. Una explotación pequeña para el beneficio que proporcionaba y grande para el trabajo que daba. Su padre falleció prematuramente y su madre poco después. Decían que de pena. Así que tuvo que mantener la granja él solo.
Cuando falleció su madre, Rosita ya tenía una cierta edad. Un piso pagado, y una cuenta corriente bastante abultada con los ahorros de sus padres y parte de la herencia de sus abuelos paternos.
Noé acababa de cumplir los 55. Se lo recordaban cada mañana sus musculos y sus huesos. Hacía ya unas cuantas noches que no dormía bien. La oferta de compra de la granja por parte de la central lechera lo desvelaba.
Mientras esperaba su vez en la peluquería, Rosita ojeaba una revista. De esas del corazón donde la mitad es publicidad. Y es ahí donde vió el corte de pelo que le iba a pedir a su amiga Candela. Un pelo corto como el de la famosa que se tostaba al sol con ese bikini tan insinuante. Se miró las piernas y pensó <<un poco de sol no me iría mal>>.
Había decidido ir a la central lechera a escuchar la oferta con detalle. Y aclarar alguna duda que no tenía claro. Mientras esperaba ser recibido leyó un suplemento de periódico donde hablaba del turismo y donde se mostraban playas y cuerpos al sol.
Le dieron una habitación en la primera planta. Una habitación individual económica con vistas a la piscina. Su amiga Candela la acabó de convencer mientras le cortaba el pelo. Revisó su vestuario y se compró un bañador que aunque cerradito arriba, seguía pensando que demasiado escotado por abajo.
Sería la primera vez que disfrutaba vacaciones en los últimos 25 años. Llegó rápido a un acuerdo con la central lechera. Estaba libre del cuidado de los animales. Se había llevado el suplemento del periódico. Lo llevo a una agencia de viajes preguntando donde podía ser y le habían reservado en este hotel. Una habitación individual económica con vistas a la piscina.
Había pasado ya una semana desde su vuelta a casa y Rosita todavía recordaba al huesped que se sentaba en el fondo del comedor en aquel rincón apartado. A ella le gustaba sentarse frente al ventanal que daba al paseo. Estaba de espaldas a él. Pero estaba segura que la miraba.
La experiencia había resultado muy agradable. En una semana había sido capaz de olvidar la granja. Y había sentido curiosidad por aquella chica que en el comedor se sentaba frente al ventanal. No tenía mal tipo.
No podía quitárselo de la cabeza. <<¿Quién sería aquel huesped solo?>> pensaba. Seguro que algún ejecutivo que se había retirado anticipadamente y quería disfrutar unos días tranquilos pasando desapercibido. Se notaban esos músculos de gimnasio. De alguien que se cuidaba, que no sabía lo que era trabajar duro.
Algún día la había espiado desde su habitación cuando ella tomaba el sol en la piscina. Le sentaba bien aquel bañador. Insinuante. Dejaba ver lo justo. No faltaba de nada en aquel cuerpo. Probablemente se hubiese ruborizado si ella se le hubiese acercado.
Se le cayó el paraguas al suelo a aquella chica que esperaba en el grupo delante de él para dar sus datos. Avanzó para cogerlo y dárselo cuando se dio cuenta que era ella. Le había crecido el pelo y se lo había ondulado.
Habían decidido repetir la experiencia. Esta vez en un viaje organizado por el extranjero. Ambos, cada uno por su lado. Y habían vuelto a coincidir.
Se quedaron mirando el uno al otro. Sin decir palabra. La guía llamó -¡Rosa Martinez!. Nadie contestó. Volvió a llamar -¡Noé Fuentes!. Nadie respondió. La guía repitió -¡Rosa Martinez!. Ella respondió debilmente – Sí. Nadie la oyó. Solo él. -¡Noé Fuentes! Se oyó a la guia. -Sí. Dijo él. Pero solo lo oyó ella. Noé le tendió el paraguas con una mano y le ofreció la otra. Ella le agarró la mano y con la otra su maleta. Él agarró su bolso y salieron por la puerta.
La guía les gritó -¡Por esa puerta, no!.
Cuando la guía salió a la calle a buscarlos, habían desaparecido.

Salida otoñal de Asafona al Valle de Pineta. Día desapacible con nubes bajas que nos impidieron hacer fotos desde La Estiva. Durante el recorrido por la pista pudimos disfrutar a intervalos las preciosas vistas y hacer alguna foto más que decente. Después de la comida el tiempo empeoró con lluvia y nos impidió hacer el recorrido de las cascadas previsto en el fondo del valle. Os comparto algunas fotos de la jornada.

Para más información:

www.asafona.es

https://es.wikipedia.org/wiki/Valle_de_Pineta

https://www.turismodearagon.com/ficha/valle-de-pineta