Final de enero.
El chamaco nos nació cieguito. Pobrecito. Creció y se crió sin salir de la casa. ¿Adonde iba a ir?. Hasta que pasó por la calle aquel señor extranjero y se lo quedó mirando. Un niñito así sentadito y quietecito en el portal. ¿Qué tendrá, pensaría?. Se acercó y le pregunto -¿Cómo te llamas?. Y el renacuajo qué creen que le respondió -¿Y tú, como te llamas?. Kevin, le dijo el señor. ¿Y tú?. Serafín, le contestó mijo. Y así fue como empezó a organizarse la marcha del chamaco. Dijo que se lo llevaba para enseñarle. Tonto no era, ya lo sabíamos. Pero lo de estudiar, ni lo soñábamos.
Al cabo de un tiempo, cuando casi lo habíamos olvidado, llegó una carta. Sus hermanas la leyeron. Decía que estudiaba en un colegio para ciegos y que un día iría a la universidad. Y así pasaron los años. Recibíamos cartas cada tanto. Y nos mandaba alguna foto. Siempre solito. Con esos grandes ojos que miraban sin ver.
Se hizo mayor y fue a la universidad. Era ya un muchachote alto y guapo. Hacía deporte y tenía amigos.
Un día mi vieja empezó a barruntar algo. Yo pensé que era cosas de mujeres y de la edad. Pasaban los días y el barrunte iba a más. Hasta que un día dijo -nos viene el chamaco.
Y así fue. Un domingo cuando estábamos todos comiendo, las hijas ya casadas y con hijos y los yernos, llamaron a la puerta. Pensamos en Manuel, el vecino que tenía huertito y a veces nos dejaba algo en la casa cuando volvía. Per no, apareció en la puerta un muchachote grande que tapaba toda la luz. Nos quedamos todos callados con unos ojos así de grandes. Dijo -¿Apá, amá?.
Nadie se movió. Nadie decía nada. Hasta que se oyó otra voz que venía de la puerta -Hola! Soy Alicia. Y entonces se nos cayó la boca a todos. Vaya familia. Todos con los ojos y la boca abiertos como pasmarotes.
Era una muchacha blanquita blanquita. Con el cabello rojo. Pelirrojo decían ellos.
Acompañaba al chamaco. No habíamos visto nunca una chamaca así. Con esos puntitos rojos en la cara. Y esos ojos azulones.
En aquellos días fue cuando empecé a sentir los dolores en la pancita. Primero solo molestias. Pero con el tiempo parecía que llevara un perro que me mordía por dentro.
Siguieron viniendo los años siguientes. Cada año con un hijo pequeño, hasta tres. Pero yo ya no estaba allí. El perro que llevaba dentro me fue comiendo las entrañas. Hasta que el doctor dijo que me quedaba poco de vida.
Y un día, mientras tomaba el sol en el portal, noté como que flotaba. Comencé a elevarme. Me veía a mi mismo allí abajo sentadito en mi silla de mimbre con la cabeza apoyada en la almoadita que me ponía mi vieja para dormir y mi cobijita de rallas azules encima.
Yo no sabía que pasaba. Siempre pensé en ver a la Calaca venir a tomarme del brazo y llevarme.
Y esto es lo que les tenía que contar. Que me vino a la cabeza mientras veía como derribaban la casa. Imagino para arreglarla. Y no se quién vivirá después. Mi vieja ya no está tampoco. Y no sé donde está. Que esto es un poco raro. Que parece que estás libre pero no puedes ir a ninguna parte. Que me rodea como una niebla que no me deja salir. No siento nada, no toco nada, no sé donde piso. Pero me regresó el bienestar.
Hay un hito en el Delta del Ebro del que tengo una foto en la cabeza y que no llego a conseguir: una larga exposición en blanco y negro de la Torre de San Juan. El último intento fué a final de enero. Pero no me terminó de convencer. Habrá que volver a intentarlo. Os la voy a compartir.
Alrededor de la torre había unos bandos de flamencos bastante próximos a la orilla que se dejaban retratar relativamente fácil. Así que hice una serie de fotos que he editado en formato 21×9 que es como me gustan.
Os comparto unas fotos que espero os gusten.
Para más información:
https://es.wikipedia.org/wiki/Parque_natural_del_Delta_del_Ebro
https://parcsnaturals.gencat.cat/es/xarxa-de-parcs/fitxes-dels-parcs/fitxa-delta-de-lebre/index.html
https://www.spain.info/es/naturaleza/parque-natural-delta-ebre